Los perfiles periodísticos según Jon Lee AndersonAproximación tridimensional y tres meses de trabajo

Escrito por1001 Medios

30 May, 2012

El periodista @jonleeanderson responde a las preguntas de Julio Grosso Mesa tras recibir en Granada el premio ‘Constantino Ruiz Carnero’ a la Libertad de Expresión. Habla de The New Yorker, del servicio público, la libertad de expresión del poder y del dinero, del New Yorker, Kapuscinsky, de la guerra y los corresponsales y al final, solo deja claro que la libertad de expresión la cuidamos muy bien los periodistas.
Jon Lee Anderson en Granada 2012
Jon Lee Anderson (California, 1957) lleva más de media vida dedicado al periodismo y como suele ocurrir con los mejores del oficio, conserva limpia la mirada y mantiene su ego bajo control. Desde sus inicios en el semanario The Lima Times (Perú, 1979) se especializó como reportero de investigación, principalmente para Latinoamérica. A final de los 90, se hizo famoso como corresponsal de la prestigiosa revista The New Yorker, cubriendo los principales conflictos bélicos. Es un periodista que conserva el ideal de “ser escritor” y estas dos pasiones le han llevado a publicar media docena de libros. Vivió una larga temporada en Salobreña y ayer hizo una pausa en su agenda para recoger el Premio ‘Constantino Ruiz Carnero’ a la Libertad de Expresión que concede la Asociación de la Prensa de Granada. Acaba de volver de Sudán y vuela el martes a Buenos Aires, donde lo espera la presidenta Cristina Fernández. Su trabajo está basado en el viaje. También su vida.
– Cada cinco días muere un periodista en el mundo y la crisis está acabando con empresas y miles de empleos ¿Estamos los periodistas en peligro de extinción?
–El gremio como tal, no. Pero estamos en una época de crisis aguda. Por un lado, en los países inestables o en conflicto los periodistas nos hemos vuelto carne de cañón. Yo he perdido seis amigos durante el año pasado, tres en Libia y tres en Siria. Vivimos en un mundo bélico y en una época de lucha contra el terrorismo, donde los terroristas sospechan que somos agentes de nuestros gobiernos y nos han convertido en su objetivo. Por otro lado, está la crisis del modelo periodístico y la llegada de Internet, que ha significado el principio de la extinción para muchos medios. Estamos en un momento tétrico, en una especie de “Edad del Hielo”, en el que algunos se extinguirán y otros se adaptarán y sobrevivirán.
– En realidad, no sabemos cuál será nuestro futuro…
– No. Tengo amigos periodistas de mi generación cuyos medios han desaparecido y he observado tres tipos de adaptación: los que han pasado a trabajar en ONGs y derechos humanos, los que entran en instituciones como la ONU y los que se han convertido en consejeros de seguridad de organismos. Yo pienso, ¿Qué les impulsaba cuando eran periodistas? ¿El dinero? ¿El poder? En realidad, tenemos de todo en nuestra profesión, como en cualquier otra. Pero, el periodismo es, ante todo, un servicio público y yo, como periodista, me niego a pensar que simplemente soy alguien que sustenta un negocio. Los periodistas somos los únicos guardianes de la libertad de expresión.
– ¿En qué países encontramos hoy una libertad de prensa real?
– Creo que en Estados Unidos y en algunos países occidentales, la prensa es bastante libre, con sus atenuantes. Woodward & Bernstein hicieron saltar a un presidente y un colega mío publicó las fotos de Abu Ghraib. Esas cosas ayudan a sanear la democracia.
– Sin embargo, en España ha tenido problemas para publicar…
– Nunca me han publicado en España los temas que he investigado en España. Aquí en este país hay todavía una élite política y mediática, un grupo pequeño, que piensa desde la Transición que son los “custodios de la democracia”. Hace tres años publiqué un artículo sobre las fosas comunes de la Guerra Civil y sobre Lorca que no ha llegado a leerse aquí. En 1998, hace ya catorce años, hice el perfil del Rey Juan Carlos para The New Yorker y quise publicarlo en España, pero los editores españoles me dijeron que tenían una política de autocensura en torno al Rey. Esto es algo insólito para un editor norteamericano.
– Tras las polémicas sobre la Casa Real ¿Sigue siendo la monarquía imprescindible en España, como tituló entonces su artículo?
– Al Rey no le están ayudando nada a su alrededor. Nadie le ha dicho que desde hace muchos años nadie mata elefantes, salvo los árabes que lo llevaron en su jet privado. Pero hay que admitir que el Rey tuvo un papel clave en su momento y que aún hoy ninguno de los partidos democráticos tiene una figura relevante para poder sustituirle.
– Ha explorado el mundo investigando las distintas formas de poder…
– Estamos hablando siempre de unos pocos individuos que manejan a grandes poblaciones, a veces un solo hombre puede cambiar el destino de un país o de todo el mundo. Mira el efecto de Stalin en Rusia, Fidel en Cuba, Mobutu en Zaire. Estoy interesado en el poder, la violencia y en la justicia, porque las tres cosas están siempre ligadas.
– ¿Cuál ha sido el político con el que ha sentido mayor empatía?
– Hasta cierto punto, he sentido cierta simpatía por Hugo Chávez. A pesar de lo que está haciendo en su país, Chávez es un tipo simpático y afable. Considero que es un hombre equivocado y dudo que lo juzgue bien la historia, pero creo que es un buen hombre. No es un asesino. Es una suma de contradicciones.
– ¿Cómo prepara los perfiles y se aproxima a los personajes?
– El perfil más veloz que he hecho ha sido en Haití, en tan sólo cuatro días. El más largo ha sido el de García Márquez, durante siete meses. El promedio es de dos o tres meses. Siempre busco un acercamiento repetido con el personaje, en lo privado y en lo público, con los que le rodean y con la sociedad que lidera. Entrevisto a una media de cuarenta personas, de los cuales solo seis u ocho aparecen citados con nombres y apellidos, además del protagonista. Es una aproximación tridimensional.
– Todo un lujo…
– Siempre ha sido así en The New Yorker, que fue el medio que inventó el perfil periodístico. Es como construir el principio de un libro biográfico.
– Le han calificado como el “heredero de Kapuscinski”…
– Kapuscinski hizo tres o cuatro libros geniales, clásicos, que no eran ficción ni realidad, eran “faction”, eran Kapu, con una prosa muy aguda. En el sentido, de que viajo mucho y deambulo por los mismos síndromes del poder y la guerra, y que habito el mismo mundo incierto que le atraía a él, puedo ser considerado así. También es cierto que cuando lo empecé a leer fue como una revelación, había descubierto un ser afín.
– Se define como “un periodista que a veces va a la guerra”, en lugar de considerarse corresponsal de guerra…
– No me gustan las etiquetas porque son demasiado fáciles. Durante los primeros años que estuve en The New Yorker no me consideraban como alguien capaz de cubrir una guerra y no fue hasta 2001 cuando me ofrecí voluntariamente a ir a Afganistán, porque conocía bien el país. Ahora es imposible cambiar el parecer de mis editores, que me consideran un corresponsal de guerra “de carne y hueso”.
– Conoce muy bien España y vivió incluso una larga temporada en una casita de Salobreña
– Conozco España desde 1972 y visito Salobreña desde 1983 cuando mi madre, que era escritora, se vino a vivir aquí. Luego, yo decidí traer a mi joven familia y estuve viviendo en la costa granadina entre 1995 y 2001. Aún conservamos nuestra casa y mantenemos aquí grandes amistades.
CRÉDITOS
.-La fotografía es de Ramón L. Pérez
.-La entrevista se pubñicó el pasado 5 de mayo en el diario Ideal de Granada.

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