La comparecencia del entonces director adjunto de ElDiario.es, José Precedo, ante el Tribunal Supremo, en la causa contra el Fiscal General, es una bofetada de realidad para algunos periodistas, que confunden el secreto profesional con una carta blanca o, peor aún, con un chaleco antibalas emocional.
Precedo afirmó conocer la fuente de una filtración clave, exculpando al acusado, pero se negó a revelarla. ¿»Dilema moral»? No. Es la simple, dura y no negociable columna vertebral del oficio. Su declaración, al poner en el centro la protección de la fuente incluso cuando el silencio incomoda personalmente, no es un gesto heroico; es la ejecución impecable del único mandato ético que nos define.
En un ecosistema mediático saturado de filtraciones interesadas, off the record convenientes y periodistas que actúan como meros correos al servicio del poder (de cualquier poder), el caso Precedo nos recuerda la línea de flotación: la fuente es sagrada, no por romanticismo, sino por supervivencia democrática.
Si el periodista se convierte en un delator por presión judicial, política o por un «dilema moral» autoindulgente, la información crítica —aquella que el poder quiere enterrar— simplemente dejará de fluir. ¿Quién se atreverá a hablar si sabe que el reportero lo entregará al primer requerimiento?
El secreto profesional no es un privilegio constitucional para proteger al periodista; es un derecho instrumental para proteger a la ciudadanía a través de la fuente que denuncia. Es la garantía de que habrá ojos y oídos en los despachos oscuros.
Hemos visto a demasiados colegas jugar a ser notarios del poder, validando la palabra oficial sin crítica, o peor, a ser voceros de una facción. La lección de Precedo es que el cultivo de fuentes es un ejercicio de lealtad a la verdad, no a una persona o una ideología.
A la fuente se la cuida con un rigor casi militar: contraste obsesivo, uso proporcional de su información y, sobre todo, silencio absoluto cuando la coacción aprieta. Si no estamos dispuestos a ir hasta el final —incluso con riesgo penal o escarnio público, como en este caso— para no romper la promesa, no somos periodistas; somos recogecables del sistema.
No podemos pedir amparo legal y respeto social si somos los primeros en relativizar el secreto por comodidad. El verdadero dilema moral no es callar para proteger a un inocente, sino hablar para salvar el propio pellejo. Precedo ha elegido el oficio. Que su ejemplo sea la vara que mida la calidad del periodismo de ahora en adelante. Si no se protege a la fuente, se mata la verdad.
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Antonio Manfredi, es periodista. Ex Defensor de la Audiencia de RTVA (Radio y Televisión de Andalucía) y ex decano del Colegio Profesional de Periodistas de Andalucía, Es miembro de 1001Medios.
Créditos: La fotografía, José Precedo, periodista de elDiario.es, en la tercera jornada del juicio contra el fiscal general del Estado. elDiario.es
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+Info:
Los artículos de opinión:
El dilema moral, por Ignacio Escolar, en elDiario.es
No nos amenace, por Rosa María Artal, en elDiario.es
La degradación democrática se produce en el Tribunal Supremo, por Antonio Maestre, en La Sexta
El periodista y el juez: amenazar a un tribunal, por Alex Grijelmo, en El País
El secreto periodístico, por David Mejía, en El Mundo
Las crónicas
Dos periodistas declaran que accedieron al correo filtrado del novio de Ayuso mucho antes de que lo tuviera el fiscal general, en El País.
Dos periodistas afirman que tuvieron el correo clave antes que el fiscal general. Agencia EFE.


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